lunes, 21 de enero de 2013

Distribuyendo liderazgo en las escuelas


Columna publicada en www.educarchile.cl


Cuando nos referimos a “liderazgo”, en el contexto escolar, lo común es relacionar este concepto con la figura del Director. Sin duda, en él recae la responsabilidad de dirigir los procesos educativos, estableciendo direcciones y gestionando cambios que contribuyan a una mejora continua. Sin embargo, a pesar de cuán hábil y asertivo pueda ser este líder, los resultados más eficaces se logran cuando es capaz de empoderar a su equipo del mismo liderazgo.


            Las transformaciones, las culturas democráticas y colaborativas, se enriquecen profundamente cuando otros actores clave de la escuela, comparten liderazgo como una forma de relacionarse, aprender y educar. Por consiguiente, “el liderazgo debe ser pensado como un fenómeno grupal, más que como una característica individual y debe trascender –principalmente- a los docentes” (Flessa, 2012). Esto claro, no significa que el Director simplemente se ocupe delegar  tareas o responsabilidades, o perder liderazgo tras cambiar este modelo jerárquico. Distribuir el liderazgo apunta a confiar en los demás y en sus decisiones, pero brindando los apoyos necesarios para que realicen su trabajo con profesionalismo, desplegando motivaciones y talentos.

            Si bien distribuir el liderazgo podría parecernos una “empresa arriesgada y que podría resultar en una mayor distribución de incompetencia” (Timperley, 2005), cuando es bien aplicado, se logran beneficios significativos: mejor uso del tiempo, aprendizaje compartido, mejor capacidad para solucionar problemas, toma más sabia de decisiones y mayor atención al liderazgo pedagógico. Joseph Flessa, Doctor en Investigación de Políticas Educativas y profesor asociado del OISE (Ontario Institute for Studies in Education) de la Universidad de Toronto, es enfático en señalar que, si bien algunos patrones de distribución son más efectivos que otros, el liderazgo escolar cobra mucha más fuerza e influencias sobre las comunidades escolares y los estudiantes, cuando es ampliamente distribuido.

            En este sentido, conviene hacer la reflexión –como directivos- acerca de cuánto compartimos nuestro liderazgo, cómo podríamos distribuirlo de la forma más productiva y cuánto confiamos en quienes trabajan con nosotros. Recordemos que ser líderes educativos no significa apropiarse de un poder exclusivo o de una autoridad egocéntrica, sino que implica conducir a nuestras comunidades hacia el éxito, con altas expectativas, confianza y motivándolos a ser “agentes activos de cambio”. Si cada actor –docentes, asistentes, padres y estudiantes- sienten que también son “líderes del cambio” en una cultura escolar colaborativa, estamos acercándonos más hacia una mejora que sea constante en el tiempo.

Los Directores no somos dueños de la escuela: servimos a ella, liderando procesos en contextos de interacción constante, respondiendo a diversas necesidades y expectativas, y enseñando a otros a crecer y avanzar con autonomía propia entorno a un propósito común.

Finalmente, distribuir el liderazgo aumenta significativamente las posibilidades de producir cambios que impacten.

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