Columna publicada en www.educarchile.cl
Cuando nos referimos a “liderazgo”, en el
contexto escolar, lo común es relacionar este concepto con la figura del
Director. Sin duda, en él recae la responsabilidad de dirigir los procesos
educativos, estableciendo direcciones y gestionando cambios que contribuyan a
una mejora continua. Sin embargo, a pesar de cuán hábil y asertivo pueda ser
este líder, los resultados más eficaces se logran cuando es capaz de empoderar
a su equipo del mismo liderazgo.
Las
transformaciones, las culturas democráticas y colaborativas, se enriquecen
profundamente cuando otros actores clave de la escuela, comparten liderazgo
como una forma de relacionarse, aprender y educar. Por consiguiente, “el liderazgo
debe ser pensado como un fenómeno grupal, más que como una característica
individual y debe trascender –principalmente- a los docentes” (Flessa, 2012).
Esto claro, no significa que el Director simplemente se ocupe delegar tareas o responsabilidades, o perder
liderazgo tras cambiar este modelo jerárquico. Distribuir el liderazgo apunta a
confiar en los demás y en sus decisiones, pero brindando los apoyos necesarios
para que realicen su trabajo con profesionalismo, desplegando motivaciones y
talentos.
Si
bien distribuir el liderazgo podría parecernos una “empresa arriesgada y que
podría resultar en una mayor distribución de incompetencia” (Timperley, 2005),
cuando es bien aplicado, se logran beneficios significativos: mejor uso del
tiempo, aprendizaje compartido, mejor capacidad para solucionar problemas, toma
más sabia de decisiones y mayor atención al liderazgo pedagógico. Joseph
Flessa, Doctor en Investigación de Políticas Educativas y profesor asociado del
OISE (Ontario Institute for Studies in Education) de la Universidad de Toronto,
es enfático en señalar que, si bien algunos patrones de distribución son más
efectivos que otros, el liderazgo escolar cobra mucha más fuerza e influencias
sobre las comunidades escolares y los estudiantes, cuando es ampliamente
distribuido.
En
este sentido, conviene hacer la reflexión –como directivos- acerca de cuánto
compartimos nuestro liderazgo, cómo podríamos distribuirlo de la forma más
productiva y cuánto confiamos en quienes trabajan con nosotros. Recordemos que
ser líderes educativos no significa apropiarse de un poder exclusivo o de una
autoridad egocéntrica, sino que implica conducir a nuestras comunidades hacia el
éxito, con altas expectativas, confianza y motivándolos a ser “agentes activos
de cambio”. Si cada actor –docentes, asistentes, padres y estudiantes- sienten
que también son “líderes del cambio” en una cultura escolar colaborativa,
estamos acercándonos más hacia una mejora que sea constante en el tiempo.
Los Directores no
somos dueños de la escuela: servimos a ella, liderando procesos en contextos de
interacción constante, respondiendo a diversas necesidades y expectativas, y
enseñando a otros a crecer y avanzar con autonomía propia entorno a un
propósito común.
Finalmente,
distribuir el liderazgo aumenta significativamente las posibilidades de
producir cambios que impacten.
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